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5to. Domingo de Cuaresma (A) – 29 de marzo de 2020 – “Enfrentando nuestras limitaciones con Jesús; profundizando nuestra fe “

Mis queridos hermanos en Cristo.  El propósito de nuestro camino de Cuaresma es profundizar nuestra relación con Jesús, conocerlo más íntimamente. El camino se trata de una conversión de mente y corazón, pero lo que descubrimos, una y otra vez, es que nuestros propios esfuerzos no generan esta conversión en nuestras vidas. Todas esas cosas que elegimos hacer: nuestros ayunos y sacrificios autoimpuestos, incluso si los hacemos con éxito, generalmente no se traducen en ningún cambio duradero en nuestras vidas de fe. ¿Porqué es eso?  Porque generalmente elegimos cosas que podemos hacer, cosas con las que, en cierto sentido, nos sentimos cómodos, cosas que están dentro de nuestro poder y control. Pero la conversión solo ocurre cuando nos abrimos a algo más allá de nuestro poder y control, más allá de nuestros límites autoimpuestos.  La conversión solo ocurre cuando vamos a donde no queremos ir y elegimos libremente abrazar lo que no es de nuestra elección y lo que, desde nuestra propia perspectiva, parece imposible. Es el viaje con otro a la tierra desconocida que nos permite ver desde una nueva perspectiva. Esta crisis que estamos viviendo ahora con la pandemia de coronavirus nos ha dado una Cuaresma como ninguna otra si elegimos abrazarla porque los sacrificios y ayunos (cosas de las que tenemos que prescindir) nos han sido impuestas en cierto sentido. No son de nuestra elección. Comenzamos la Cuaresma con nuestro propio plan de acción, y ahora se nos ha pedido algo más, algo diferente. Un amigo mío, psicólogo especializado en el tratamiento de personas que sufren traumas, ha aprendido de sus años de experiencia que una crisis no es solo cuando alguien necesita ayuda, sino que a menudo es una oportunidad para que la persona experimente un profundo crecimiento personal y cambio. El coronavirus nos ha puesto en una posición para ser más conscientes de nuestra falta de control, nuestra falta de autosuficiencia, nuestra necesidad de otros, la fragilidad de nuestras vidas y especialmente nuestra necesidad de salvación, es decir, la certeza de que nuestra vida debe basarse en algo más que nuestra salud física y nuestro bienestar financial.  La fe, una fe más profunda, comienza cuando nos damos cuenta de nuestra profunda necesidad. Esta es la oportunidad que estos días nos están ofreciendo.

El Evangelio de Lázaro resucitado de entre los muertos por Jesús no solo revela que Jesús ha venido a traernos la victoria sobre la muerte. (La resurrección de Lázaro es un símbolo de la resurrección de Jesús. Lo que Jesús hace a nivel físico es un presagio de lo que hará en nosotros a nivel espiritual.)  Pero este episodio del Evangelio revela el método que Jesús usa para traernos a una creencia más profunda en él.  Será muy útil para nosotros mirar la situación en que nos encontramos ahora enfrentando esta pandemia a la luz de este Evangelio.  Lázaro, Marta y María eran amigas íntimas de Jesús. Jesús los amaba. Y sabían que Jesús los amaba. Cuando Lázaro se enferma, sus hermanas envían un mensaje a Jesús. Lo que nos cuesta entender es la reacción de Jesús. Cuando recibió la noticia de que Lázaro estaba enfermo, “se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba”.  A diferencia de otros episodios de curación del Evangelio, Jesús no acude de inmediato a la persona enferma ni elige curarlo a distancia. Parece que está ignorando la solicitud. Pero él dice: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios …”Esta falta de respuesta inmediata debió ser desconcertante no solo para Marta y María, sino para los discípulos que sabían cuánto amaba Jesús a esta familia.  Jesús está físicamente ausente de los que sufren, y no tiene sentido.  Jesús insinúa el significado oculto y el propósito de esta situación: la oportunidad de una fe más profunda para sus discípulos.  Él dice: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado ahí, para que crean.  Ahora, vamos allá”.   Entonces Tomás dice, quizás sarcásticamente, a los otros discípulos: “Vamos también nosotros, para morir con él”.  Como suele hacer en su Evangelio, Juan usa las palabras de Tomás de manera irónica para revelar una verdad. Ir a donde tenemos miedo de ir, a donde creemos que es imposible ir, es cómo morimos para nosotros mismos. Solo muriendo para enfrentarnos a la muerte, llegamos a creer, a descubrir quién es Jesús realmente para nosotros.

Cuando Jesús finalmente llega a Betania, el Evangelio señala que Lázaro ha estado en el sepulcro durante cuatro días. ¿Cuál es el significado de cuatro días? En el entendimiento judío de la época, se creía que el alma permanecía en el cuerpo durante tres días después de la muerte, y que la descomposición comenzó después del tercer día. El punto que se está haciendo aquí es que Lázaro está realmente muerto, totalmente muerto, sin duda, muerto. Tanto Marta como María le dicen a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”.  Están expresando una falta de fe en Jesús, casi culpándolo por lo que sucedió. Escuche la forma en que le hablan o le rezan. Hay una cierta desesperanza en lo que dicen como si no hubiera nada más que Jesús podría hacer: que la muerte es realmente el final.  Cuando Marta le dice a Jesús: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”, ella está, podríamos decir, “espiritualizando” las palabras de Jesús, como si la “resurrección” fuera solo un buen concepto, más allá en el futuro, pero no realmente parte de esta vida; es solo para la “próxima vida”, algo que sucederá el “último día”.  Pero Jesús la lleva de vuelta al presente y le pregunta si cree que la resurrección es una realidad presente, posible aquí y ahora, “Yo soy la resurrección y la vida … ¿Crees tú esto?”  El que cree en él vive la resurrección aquí y ahora.  La fe cambia la forma en que se enfrenta la realidad. Cuando Jesús vio a María y a los demás llorando, “se conmovió hasta lo más hondo”. Lo que conmueve a Jesús no es que su amigo haya muerto sino la falta de fe de sus amigos que viven.  Jesús pregunta: “¿Dónde lo han puesto?”  En otro momento de ironía, le dicen a Jesús: “Ven y lo verás”. Estas son las mismas palabras que Jesús usó para invitar a los primeros discípulos a seguirlo a fin de conocerlo, para que ellos pudieran llegar a la fe.  Ir a la tumba, enfrentar la muerte, es el camino hacia la fe. Se conmovió de nuevo después de que algunos de los judíos expresan desesperación, bordeando el desprecio, cuando dicen: “¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?”  Han puesto un límite a lo que Jesús puede hacer, lo que implica que ahora es demasiado tarde para que Jesús haga algo.  Jesús quiere que sus amigos enfrenten la muerte con él. Marta no quiere ir allí porque será incómodo y desagradable. Cuando Jesús les ordena “quiten la losa”, Marta da una excusa para no ir allí.  Jesús responde: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?”  La gloria de Dios es que el hombre viva plenamente, y no podemos vivir plenamente si no estamos dispuestos a enfrentar la muerte.  Pero es solo al enfrentar nuestros límites humanos y seguir a Jesús hasta la muerte, abandonándonos a él en esta situación, que descubrimos quién es él y la nueva vida que trae. Jesús grita con voz potente: “¡Lázaro, sal de ahí!” y “salió el muerto”.  Lo que más llama la atención en esta historia es que el único que responde a Jesús sin dudar ni excusas es un muerto. ¿Por qué?  Porque Lázaro no tiene nada de su propio poder para confiar. Está completamente muerto para sí mismo.  Ha aceptado totalmente sus límites.  Solo cuando dejamos de lado nuestros planes y nuestros propios esfuerzos para salvar cosas y, en cambio, decimos “sí” a Dios y a la realidad que tenemos ante nosotros, llegamos a una nueva vida.

La fe no es solo creer que Dios existe y llamarlo, sino confiarnos a él con la certeza, como Jesús, de que Dios siempre escucha nuestras oraciones.  Un amigo mío de poco más de 70 años con una enfermedad respiratoria crónica me dijo que había pensado más en su mortalidad en la última semana que en toda su vida. Esta pandemia lo está haciendo enfrentar ese límite y ser más consciente de su necesidad de Cristo.  La condición de este aislamiento y restricción y la ausencia física de otros, este límite al que nos enfrentamos, nos ha hecho a mí y a otros con quienes he hablado, más conscientes de nuestra necesidad de comunidad y, de hecho, ha fortalecido nuestra pertenencia, no la ha hecho más débil.  ¿No has contactado a personas, quizás parientes y amigos, o has escuchado a otros, de quienes no has escuchado en algún momento? Cuanto más nos enfrentamos a nuestra necesidad y vulnerabilidad, más nos damos cuenta del vínculo oculto que tenemos entre nosotros y nuestra necesidad de fortalecer esa conexión con los demás y con el Señor.  Esta prueba no es algo que Dios nos envía como un juicio, pero es algo a través del cual podemos juzgar el estado de nuestra fe.  El Señor está con nosotros, invitándonos a seguirlo. Esta es una oportunidad para conocerlo en un nivel más profundo. Para crecer en la fe. Somos amigos íntimos de Dios a través del don del bautismo y del Espíritu Santo. Dios nos ama como ama a su Hijo.  Le pertenecemos a el.  Y Dios Padre escucha nuestras oraciones. El crecimiento y el cambio, la nueva vida de la resurrección, se producen a través de la experiencia de una crisis, una cruz, en la que elegimos unirnos, en nuestra debilidad, a Cristo. Que podamos estar abiertos a la oportunidad que se nos brinda hoy porque lo que nos espera es una forma de vida más profunda y plena.  ¡Que Dios les bendiga!

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