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6to. Domingo de Pascua – 17 de mayo de 2020 – “La razón de nuestra esperanza”

“Somos personas cuyos corazones están arraigados en nuestra fe y en nuestra esperanza, esa es la fuerza que nos ayuda durante este tiempo de incertidumbre. Aunque estamos viviendo conceptos como el aislamiento, la cuarentena y el distanciamiento social, como creyentes y seguidores de Cristo sabemos que nunca estamos realmente solos y que Él siempre está a nuestro lado. Ha sido un tiempo doloroso, confuso y difícil para todos nosotros, pero en Cristo y su triunfo sobre la cruz, hay esperanza “.  Estas son las palabras del Arzobispo Pérez que hizo en una declaración del 27 de marzo anunciando un retiro virtual de Cuaresma poco después de que nuestras iglesias fueran cerradas para la misa pública.  Concluyó su declaración diciendo: “Cristo es esperanza y por medio de Él somos un pueblo de esperanza”.  Para que la declaración del Arzobispo continúe resonando con nosotros más de siete semanas más tarde y con al menos varias semanas más, bajo la orden del gobernador de “quedarse en casa”, necesitamos entender realmente lo que quiere decir con “esperanza” y cómo nuestros corazones puede estar arraigados en la fe y la esperanza. La esperanza no es lo mismo que el optimismo o la ilusión, pero la esperanza es una certeza sobre el futuro basada en un hecho presente. Si no entendemos esto, entonces lo que dijo el Arzobispo son solo palabras piadosas. ¿Cómo es que sabemos (como él afirma), nosotros que nos consideramos creyentes y seguidores de Cristo, “que nunca estamos realmente solos y que Él siempre está a nuestro lado”? No puede ser simplemente porque el Arzobispo lo dice o incluso que Jesús lo dijo tal como lo escuchamos en el Evangelio de hoy: “No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes.”  Para que tengamos esperanza en estos tiempos inciertos (y en cualquier momento), debemos reconocer su presencia aquí y ahora en nuestra experiencia. Nuestra esperanza no se basa en un concepto teológico o en una cita que leemos en la Biblia o en el Catecismo. Nuestra esperanza se basa en algo que nos ha sucedido personalmente, un hecho al que podemos señalar. San Pedro dice en su carta que escuchamos en la primera lectura: “[Estén] dispuestos siempre a dar, al que las pidiere, las razones de la esperanza de ustedes …” Esto es algo que cada uno de nosotros tiene que responder personalmente. ¿Cuál es la razón de tu esperanza? ¿Por qué tienes esperanza?

¿Cómo vemos a Jesús, la fuente de nuestra esperanza, en medio de nosotros? Jesús les dice a los discípulos en la Última Cena: “Dentro de poco, el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán a mí, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán”. El signo de su presencia es una nueva vida que está en nosotros, una vida que no podemos atribuir a nuestros propios esfuerzos, habilidades o energía. ¿Te ha sucedido que respondiste a una situación con una paz inusual o con palabras o un entendimiento que claramente no vino de ti? ¿Has experimentado una conversión en la vida que fue una verdadera gracia, una respuesta libre de tu corazón a un amor inesperado?  Por ejemplo, al tener un hijo o enamorarse, a menudo se descubre la capacidad de amar y cambiar de una manera que nunca se pensó que fuera posible antes de esa experiencia.  Cuando hacemos lo que es correcto y bueno, no porque sea un mandamiento o una ley o por temor al castigo, sino por amor, Cristo se está manifestando a nosotros.  Jesús dice que es “en aquel día cuando entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes”.  Este cambio en nosotros mismos que no es fruto de nuestros propios esfuerzos o méritos es “la razón de nuestra esperanza” y la explicación que podemos dar si alguien pregunta cómo sabemos que Cristo está vivo y permanece con nosotros.

Me he encontrado en varias ocasiones en conversaciones con personas no creyentes que me han presionado sobre por qué creo (y por qué tengo esperanza) en un momento en que en la Iglesia hay mucho escándalo y muchas personas abandonan la Iglesia. Podemos dar razones sociológicas y una perspectiva histórica para poner cualquier crisis que enfrentemos hoy en día en una luz diferente, pero tales respuestas siempre parecen evasivas e insatisfactorias. Siempre tengo que volver a mi experiencia, por qué creo. Y se reduce al hecho de que mi vida cambió, experimenté una nueva vida, a través de mi encuentro con la Palabra de Dios y los sacramentos de la Iglesia y una comunidad de personas haciendo las obras de caridad de la Iglesia.  Este cambio en mí mismo fue pura gracia. La nueva forma de mirarme a mí mismo y al mundo surgió de un encuentro con la misericordia de Dios. Y ha sido algo que se ha quedado en mí. No pude atribuir el cambio a los muchos libros que leí sobre superación personal o las diversas técnicas de terapia que estudié e intenté aplicarme. Esas cosas son útiles y tienen su lugar, pero el cambio que experimenté fue en un nivel más profundo. Esta nueva forma de vivir y enfrentar la realidad no fue algo que descubrí intelectualmente y apliqué a mi vida. Encontré una Presencia que me fascinó y me llamó a seguir. Una nueva vida fue despertada en mí por este encuentro. Y esta vida continuó creciendo a medida que seguía la llamada.

Pedro dice que debemos dar la razón de nuestra esperanza con “sencillez y respeto”. Somos gentiles con los que dudan o no están de acuerdo porque sabemos que lo que hemos recibido y llegado a saber no ha sido gracias a nuestra voluntad o habilidad intelectual.  No viene por una teoría complicada.   El conocimiento de Dios no viene a través de la fuerza del argumento. La esperanza de Pedro se basa en el hecho de que él, con todas sus debilidades, pecaminosidad y fracasos, fue elegido y perdonado por Cristo, que después de sus repetidas negaciones, Cristo aún lo quería y lo amaba.  Las propias negaciones y debilidades de Pedro no podían borrar el hecho de que su corazón estaba hecho para Cristo. “Sí, Señor, sabes que te quiero”. Su certeza no descansa en su propia fuerza sino en la misericordia de Cristo y el don del Espíritu Santo dado en Pentecostés. Hablamos de nuestra esperanza con reverencia y respeto, con asombro ante lo que Dios ha hecho. La reverencia es la respuesta humana al reconocimiento de la presencia de Dios.

La gente de Samaria le prestó atención a Felipe porque era testigo de la esperanza, alguien cuya humanidad cambió porque estaba lleno del Espíritu Santo. Este es el mismo Espíritu que Jesús prometió a los discípulos en la Última Cena que habitaría con ellos y estaría en ellos. El don del Espíritu Santo hace que la vida de Cristo esté presente en nosotros hoy.  En la historia de Israel, a los samaritanos no les gustaban mucho los judíos y se los veía como un pueblo separado de la salvación porque se habían mezclado con los gentiles que los habían conquistado. Eran “huérfanos” espirituales. Pero ahora Cristo ha venido a ellos en la persona de Felipe para reconciliarlos con Dios.  Hoy es el decimoséptimo aniversario de mi ordenación al sacerdocio. Puedo señalar el día hace más de 23 años que entendí de que Cristo realmente estaba conmigo. Fue un día que comenzó mi discernimiento al sacerdocio en serio y me dio la certeza de que había una dirección y esperanza para mi vida. Por favor, oren por mí para que pueda, reconocer mis propias debilidades y cómo Cristo ha cambiado mi vida, que siempre ponga mi esperanza en Cristo y sea un testigo amable, sencillo, y reverente de la esperanza.  Que Dios los bendiga.

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